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La joven, originaria de Brisbane, Australia, tenía en su teléfono celular las pruebas que la incriminaron. En octubre de 2014, la Policía halló en su smartphone videos de sus reiterados abusos contra el animal doméstico. Sin embargo, el magistrado encontró que la mujer fue impulsada por su novio quien encontraba en ello un placer que lo excitaba.

Martin explicó que la conducta se produjo “en el contexto de que su compañero buscaba ser excitado al mirar semejante acto atroz. Pero usted fue un partícipe voluntario en los actos de coito con el perro”. Los cargos contra Driscoll surgieron de casualidad. Los oficiales la investigaban por supuesta comercialización de marihuana y dieron con esa prueba inesperada.

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En una de las declaraciones que la joven realizó a uno de los psiquiatras que la examinó, Driscoll se mostró arrepentida por su experiencia sexual “repulsiva”, tal como la describieron en la corte. “Esto arruinó mi vida. Estoy muy arrepentida por lo que hice”.

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James Godbolt, abogado de la mujer explicó además que la vida de la joven fue una pesadilla. Tuvo una niñez disfuncional y la relación que mantuvo en los últimos seis años tampoco fue la apropiada. Tan avergonzada se siente Driscoll, según el letrado, que debió abandonar la Universidad del Sur de Queensland a la que asistía.

Pero esta explicación también llamó la atención del juez Martin. “Debe ser una reflexión triste que la sociedad que la bestialidad trae más publicidad que el delito serio de traficar cannabis”. Driscoll fue hallada culpable de este crimen y fue sentenciada a dos años y medio de prisión en suspenso.

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